Freddy ternero deja un legado de historia y se fue a dirigir en lo más alto del cielo. El técnico que inmortalizó el ¡Sí se puede!, ahora descansa en paz.
Jueves. Siete de la noche. Año 2003. Seis días antes de Navidad. Freddy Ternero se encontraba en el banquillo del estadio Universidad Nacional San Agustín, Arequipa. Los primeros veinte minutos de aquel partido se le ve dando muchas indicaciones y gritos a sus jugadores. La UNSA está a punto de ser o convertirse en un escenario que guardará uno de los anales más importantes del fútbol peruano. Por un lado un equipo humilde, provinciano, primerizo y desconocido. Por otro lado, el más grande de Argentina, millonario, capitalino y acostumbrado a disputar -y ganarlas- finales de todo tipo. Era una lucha entre David y Goliat. Entre Cienciano y River Plate. Entre peruanos y argentinos. Un partido que socialmente involucraba a todos. Era el momento de sentirse superiores. Saber que el fútbol peruano aún tiene esperanza. Era el momento de poder voltear la tabla y ser los primeros de Sudamérica.
Un equipo que no llevaba la placa del favoritismo, que tal vez fue ninguneado por grandes como U. Católica de Chile, Santos de Brasil o Atlético Nacional de Colombia. Supo convertir esa debilidad en su fortaleza más grande. Cienciano le da vuelta a ese concepto de que el perdedor no tiene gloria. Eso lo entendió muy bien Freddy, técnico y artífice de ese campeonato, quién tuvo la fórmula de poder llevar a un equipo peruano a lo más alto de Sudamérica. Freddy sumó esfuerzo y resto conformismo. Fue un padre motivador para muchos. Se ganó el grado de maestro y reconocimiento del Perú entero.
Juvenal Silva -presidente del Cienciano en aquella época- era un hombre de una edad entre los 50 y 65 años, con un acento muy provinciano, un hombre que no usaba sombrero, a pesar de la decadencia que tenía de cabello, empresario y visionario. Tuvo la decisión –suerte o destino- de juntar a un plantel experimentado y a Freddy Ternero. Eran los protagonistas principales de una novela que se comenzaba a escribir. Tomó el manejo del equipo a principios del 2003 con jugadores muy veterano: Carty, Maldonado, Ibañez, Portilla, Bazalar, entre otros. El primer día que estuvo en camerino con sus dirigidos expresó: "Muchachos, reconozco aquí a muchos de Ustedes. Yo no tengo nada que enseñarles". Por lo contrario quería saber que estaban comprometidos con él, el Cusco y con ellos mismos.
Sabía que el futbolista peruano venía de fábrica, con una técnica y un desplazamiento magnífico. Si bien es cierto la historia dentro del deporte peruano no es la de un país ganador, sí gozaba con un estilo que muchos envidiaban, hasta los mismos brasileños. Freedy trabajo mucho el aspecto psicológico de los jugadores. Pudo hacerles entender que ¡Sí se puede! Más adelante esa frase quedará inmortalizada y como lema de cada peruano emprendedor, luchador, trabajador y sobre todo vencedor.
Día y días previos a la final
La ciudad blanca de Arequipa fue el centro de operaciones para todos los periodistas que llegaban de todas partes del mundo. Se registra que la semana previa a la final se movió más de dos millones de dólares y es que la fiebre futbolera invadió a los ‘characatos’ y extranjeros. Guillermo Oshiro fue el enviado especial del diario El Comercio para cubrir aquella final y se alojaba en el mismo hotel donde estaban los jugadores. “Fueron los mismos dueños del hotel quienes enviaron un correo a la redacción para decirnos que había habitaciones disponibles, pero que por supuesto el costo sería mayor”, cuenta Guillermo. Todo sea por estar en el lugar de la noticia.
-¿Cómo viviste o sentiste esos días previos a la final? - Le pregunté.
- Esos días previos en Arequipa nunca en mi vida había sentido que un equipo haya unido a todo un país. El caso de Cienciano, era el equipo chico al que todos querían.
- Y que todos se identificaban…
- Claro. Y te aseguro que veías a gente que no era del Cienciano, todos con camisetas rojas. Fue una experiencia bonita cubrir esa final.
Por otro lado Ternero se encontraba fastidiado porque de ser un equipo donde las cámaras no lo seguían. La calma que había tenido en todo el torneo se había acabado. El hotel era un mar de periodistas, aficionados, hinchas y turistas. Para Ternero les habían quitado la paz, no podían vivir tranquilos. Muchas veces se cruzaban con periodistas que querían hablar día y noche con sus jugadores. La molestia del entrenador era válida. La estrategia de mantener el perfil bajo se había acabado. Es por eso que él no quería hospedarse en un hotel del centro, sino en un hotel alejado de la ciudad. Por temas extradeportivos la dirigencia no pudo cumplir ese pedido. Era imposible en esta instancia del campeonato mantenerse desapercibido. En ese momento Cienciano el supuesto ‘patito feo’ sobrevivió a los cinco meses de campeonato para convertirse en el digno finalista de la Copa Sudamericana.
Se cuenta mucho que esos días previos a la segunda final Ternero hizo caminar a sus jugadores sobre brasas calientes. No había duda que Freddy era un técnico que le gustaba motivar a sus jugadores y usaba diferentes métodos. La verdad de esa historia es que el único que caminó sobre las brasas fue el técnico. Por obvias razones los jugadores no pudieron hacerlo para evitar alguna lesión. Básicamente la idea de las charlas con sus jugadores era encontrar las diferencias entre ellos mismo, saber que le incomodaba a uno o al otro. Así podían solucionar los problemas internos y dejaban de ser un equipo para convertirse en una familia.
Si Freddy desde el primer día de entrenamiento hubiera dicho que él iba a llegar a la final e iba tentar ganarla. Tal vez, todos hubieran creído que estaba loco. Él en esa época era un hombre con mucha fe, sabía lo que podía rendir, optimista, calmado y mesurado. Logró llenar el estadio de la UNSA, con una capacidad para 45000 espectadores. Era la función estelar que nadie quería perdérsela. Ni Cristal en 1997 pudo unir tanto a un país, por diferencias con sus ‘compadres’ Alianza Lima y Universitario de Deportes. Ese día todo era rojo y blanco, tal vez, imaginando que jugaba la ‘bicolor’.
River Plate llegaba al aeropuerto de Arequipa -¿Por qué no al Cusco?- .Los argentinos días antes se habían quejado ante la Conmebol, ente que rige el fútbol sudamericano, para que el partido no se jugase en Cusco por la extremas condiciones de la altura. Se libraron de llegar a Machu Picchu, pero no contaron que el Misti los esperaba. Cienciano ya había jugado en el Estadio Vila Belmerio de Brasil, en el Atanasio Girardort de Colombia y venía de visitar el Monumental de River, sin haber perdido ningún partido. Era en vano amilanar al equipo que había formado Ternero. Los ‘millonarios’ llegaban con estrellas como Gonzales, Gallardo, Maximiliano López, Salaz, Coudet, Javier Macherano (hoy jugador clave del Barcelona), entre otros. Era un plantel de primera. Las pifiadas se las llevaba el técnico Pelegrini, un hombre con experiencia, sereno, de ojos verdes jade y cabellera como la nieve, un hombre frío, tan frío como el abrazo que te puede dar una suegra. Las pifias no eran porque era el técnico de River Plate, sino porque era chileno.
El día había llegado, lo que al principio fue una ilusión se había vuelto en una realidad. Más de 30 millones de peruanos estaban listos para ver a un equipo incaico, a un equipo que recuerda raíces de cada peruano, los antepasados, que se hizo querer por su juego. Salió de la normalidad, de la convencionalidad, distinto y sobre todo humilde. Y por aquello quedará en la historia del balompié peruano.
“El estadio estaba repleto, los asientos designados para los periodistas estaban llenos, era imposible sacar a los hinchas, tuve que ver todo el partido parado”, dice Oshiro. Se jugaban los primeros 20 minutos Y Ternero daba muchas indicaciones, mientras que Pelegrini se le notaba calmado. El equipo argentino había tomado posición del campo, creaba más peligro. Dentro de lo lógico era la favorita. No se imaginaba a ninguna casa de apuestas ofrecer más por el equipo provinciano. Los espectadores estaban intranquilos, nerviosos, temerosos de que les arrebaten algo que creen que ya es suyo. Mientras tanto los que veían el partido por la cadena Fox Sport tenían que aguantar los comentarios de Fernando Niembro quejándose del campo, elogiando a cada rato a Gallardo y hacía saber que River jugaba mucho mejor que Cienciano. Está final no se la quitaba nadie. Lo imposible se iba a volver posible…
Minuto 77
Con un hombre menos, un partido que se ha había puesto ida y vuelta, Pelegrini ya no estaba tan calmado como los primeros veinte minutos, se movía del asiento a la zona técnica y cuando todos esperaban una definición por penales. Carlos Lugo, paraguayo y capitán del equipo, ejecuta un tiro libre cerca al área rival. La barrera de los argentinos se imponía entre él y el gol. Una barrera que impedía que el fútbol peruano renazca, una barrera que por mucho tiempo estuvo firme y que por fin un equipo peruano pudo romperla. Se abrió una pequeña brecha entre Coudet y el ‘Maxi’ López. El balón entro sutilmente por ahí, y pudo acogerse dulcemente entre las redes del arco del equipo rival.
El estadio colapso de alegría. Era un monólogo de la palabra ¡Gol...! Fue el orgasmo más placentero de todo aquel que ama el fútbol y a su país. El llanto que todo hombre sueña con tener por primera vez. El estadio parecía un manicomio en ese momento, todos estaban locos: saltaban, se besaban, gritaban, agitaban las banderas rojas y blancas, también la bandera del Cusco, hablaban solos, rezaban, subían y bajaban las gradas, gritaban en quechua y pedían que esto se acabe. Una locura que también la sufría cada peruano en su casa. “Después del gol de Lugo yo quería que esto se termine, no podíamos ser tan salados y ver que siempre nos pasa lo mismo, que nos meten gol al último minuto. Por lo menos una vez en la vida uno quería sentir que no es débil, sino que es el fuerte” narra Guillermo Oshiro.
Freddy Ternero se contagió de la euforia del momento y lo celebró como solo se puede celebrar un gol, corriendo a todos lados y abrazando a toda persona que se le cruzaba. Luego del escándalo tenía que venir la calma. Y la serenidad volvió a Ternero. Que comenzó a gritar a sus jugadores: “Aún falta por jugar diez minutos”. Se lo veía tomando una botella de agua al borde de la zona técnica mirando atento a lo que podía pasar. Dentro de su pensamiento estaba utilizar sus dos cambios restantes.
Restaban menos de diez minutos para lo que había comenzado como un sueño, se haga realidad. Aún falta sufrir, la expulsión de García -un jugador con una zurda privilegiada- complicaba todo. Ya no eran diez jugadores, sino nueve contra once argentinos hambrientos de gol. Jugadores que vinieron con un ego tan grande como el Titanic. Y que estaban dispuestos a no hundirse. Mientras Freddy discutía con el cuarto árbitro de que se estaba cometiendo un abuso.
El estadio comenzó a corear el ¡Sí se puede! Una frase creada por Freddy y predicada por todos. River Plate seguía intentando, se jugaba en la media cancha de Cienciano. Cada pelotazo contra el arco era un sufrimiento y un golpe al alma. Las pulsaciones del corazón aumentaron. Cuando pensaban que ya todo había acabado, el cuarto árbitro levanta el tablero indicando cuatro minutos más. El árbitro no era consciente de todas las muertes de infarto que pudo causar en la UNSA y en todo el Perú. Al mismo tiempo que el cuarto árbitro levantaba el tablero. Carlos Lugo y Alessandro Morán agitaban los brazos de arriba abajo, pidiendo que dejen su estado de shock y sigan alentando.
El árbitro Carlos Simón dio el pitazo final y el “¡Si sé puede!” se convirtió en el ¡Sí se pudo carajo! El Cienciano era Campeón de la Copa Sudamericana y lo podía gritar con orgullo. Los jugadores, aquellos veteranos que fueron despedidos de sus clubes o que nadie los quería en la capital. Ahora, estaban abrazados entre ellos, otros de rodillas y con las manos en la cara para tapar esas lágrimas de alegría. Otros también de rodillas besaban el campo. Freddy se abrazaba con su comando técnico. El hombre que con su fe derribó montañas, ‘millonarios’ y ‘santos’. Por otro lado, el llanto de Morán conmovía a todos.
“Yo soñé hace años que quería ser el primer técnico en entregar un título internacional a mí país” dijo Freddy cuando acabó el partido en Arequipa. Ya en el 2004 gana la Recopa Sudamericana venciendo al monumental Boca Junior, primo hermano de River. Eso lo cataloga como el técnico más exitoso de todos los tiempos.
Ahora se encuentra durmiendo y ya no piensa levantarse, dejo este mundo hace pocos días, el 19 de septiembre del presente año. Dejó un legado que muchos querrán alcanzar, pero pocos podrán lograr. No pudo derrotar al tan temido cáncer. Freddy supo hacer gritar a todo un país, pero también supo enmudecerlo. A sus 53 años pudo gozar y hacer gozar al Perú. Su muerte deja un vacío imborrable y el fútbol se viste de negro.
Alessandro Morán, El ‘Davids’ peruano, uno de once guerreros que también alcanzó la cima. Aún no entiende como su maestro y padre se ha ido sin avisar para poder jugar la última ‘pichanga’ pendiente. Alessandro ahora trabaja dirigiendo menores, queriendo forjar nuevos campeones, en el club AFE Cosmos Internacional de Surquillo.
- ¿Qué recuerdos te deja Freddy?- le pregunté.
- Los mejores, definitivamente los mejores. Lo conocí desde muy joven desde que estuve en Universitario
- ¿Cómo fue Freddy como técnico?
- Una gran persona, un gran amigo y un gran padre.
La muerte parte en dos la vida del que no la parte. Y eso. Es algo que sienten sus familiares y amigos más cercanos. Para todos sus jugadores era un padre, para su hijo es un maestro al cual quiere seguirle sus pasos. EL grito del “Sí se puede” se sigue gritando afuera de la VIDENA, donde es velado el cuerpo del único técnico en ganar dos torneos internacionales. Se marchó un genial director, pero dejó la más maravillosa de todas sus obras. Sí, el cáncer lo mató, pero fueron sus logros, lo que lo convierten en inmortal. Cada peruano te lo agradece Freddy. El Cienciano y tú, siempre serán los papás.
Jueves. Siete de la noche. Año 2003. Seis días antes de Navidad. Freddy Ternero se encontraba en el banquillo del estadio Universidad Nacional San Agustín, Arequipa. Los primeros veinte minutos de aquel partido se le ve dando muchas indicaciones y gritos a sus jugadores. La UNSA está a punto de ser o convertirse en un escenario que guardará uno de los anales más importantes del fútbol peruano. Por un lado un equipo humilde, provinciano, primerizo y desconocido. Por otro lado, el más grande de Argentina, millonario, capitalino y acostumbrado a disputar -y ganarlas- finales de todo tipo. Era una lucha entre David y Goliat. Entre Cienciano y River Plate. Entre peruanos y argentinos. Un partido que socialmente involucraba a todos. Era el momento de sentirse superiores. Saber que el fútbol peruano aún tiene esperanza. Era el momento de poder voltear la tabla y ser los primeros de Sudamérica.
Un equipo que no llevaba la placa del favoritismo, que tal vez fue ninguneado por grandes como U. Católica de Chile, Santos de Brasil o Atlético Nacional de Colombia. Supo convertir esa debilidad en su fortaleza más grande. Cienciano le da vuelta a ese concepto de que el perdedor no tiene gloria. Eso lo entendió muy bien Freddy, técnico y artífice de ese campeonato, quién tuvo la fórmula de poder llevar a un equipo peruano a lo más alto de Sudamérica. Freddy sumó esfuerzo y resto conformismo. Fue un padre motivador para muchos. Se ganó el grado de maestro y reconocimiento del Perú entero.
Juvenal Silva -presidente del Cienciano en aquella época- era un hombre de una edad entre los 50 y 65 años, con un acento muy provinciano, un hombre que no usaba sombrero, a pesar de la decadencia que tenía de cabello, empresario y visionario. Tuvo la decisión –suerte o destino- de juntar a un plantel experimentado y a Freddy Ternero. Eran los protagonistas principales de una novela que se comenzaba a escribir. Tomó el manejo del equipo a principios del 2003 con jugadores muy veterano: Carty, Maldonado, Ibañez, Portilla, Bazalar, entre otros. El primer día que estuvo en camerino con sus dirigidos expresó: "Muchachos, reconozco aquí a muchos de Ustedes. Yo no tengo nada que enseñarles". Por lo contrario quería saber que estaban comprometidos con él, el Cusco y con ellos mismos.
Sabía que el futbolista peruano venía de fábrica, con una técnica y un desplazamiento magnífico. Si bien es cierto la historia dentro del deporte peruano no es la de un país ganador, sí gozaba con un estilo que muchos envidiaban, hasta los mismos brasileños. Freedy trabajo mucho el aspecto psicológico de los jugadores. Pudo hacerles entender que ¡Sí se puede! Más adelante esa frase quedará inmortalizada y como lema de cada peruano emprendedor, luchador, trabajador y sobre todo vencedor.
Día y días previos a la final
La ciudad blanca de Arequipa fue el centro de operaciones para todos los periodistas que llegaban de todas partes del mundo. Se registra que la semana previa a la final se movió más de dos millones de dólares y es que la fiebre futbolera invadió a los ‘characatos’ y extranjeros. Guillermo Oshiro fue el enviado especial del diario El Comercio para cubrir aquella final y se alojaba en el mismo hotel donde estaban los jugadores. “Fueron los mismos dueños del hotel quienes enviaron un correo a la redacción para decirnos que había habitaciones disponibles, pero que por supuesto el costo sería mayor”, cuenta Guillermo. Todo sea por estar en el lugar de la noticia.
-¿Cómo viviste o sentiste esos días previos a la final? - Le pregunté.
- Esos días previos en Arequipa nunca en mi vida había sentido que un equipo haya unido a todo un país. El caso de Cienciano, era el equipo chico al que todos querían.
- Y que todos se identificaban…
- Claro. Y te aseguro que veías a gente que no era del Cienciano, todos con camisetas rojas. Fue una experiencia bonita cubrir esa final.
Por otro lado Ternero se encontraba fastidiado porque de ser un equipo donde las cámaras no lo seguían. La calma que había tenido en todo el torneo se había acabado. El hotel era un mar de periodistas, aficionados, hinchas y turistas. Para Ternero les habían quitado la paz, no podían vivir tranquilos. Muchas veces se cruzaban con periodistas que querían hablar día y noche con sus jugadores. La molestia del entrenador era válida. La estrategia de mantener el perfil bajo se había acabado. Es por eso que él no quería hospedarse en un hotel del centro, sino en un hotel alejado de la ciudad. Por temas extradeportivos la dirigencia no pudo cumplir ese pedido. Era imposible en esta instancia del campeonato mantenerse desapercibido. En ese momento Cienciano el supuesto ‘patito feo’ sobrevivió a los cinco meses de campeonato para convertirse en el digno finalista de la Copa Sudamericana.
Se cuenta mucho que esos días previos a la segunda final Ternero hizo caminar a sus jugadores sobre brasas calientes. No había duda que Freddy era un técnico que le gustaba motivar a sus jugadores y usaba diferentes métodos. La verdad de esa historia es que el único que caminó sobre las brasas fue el técnico. Por obvias razones los jugadores no pudieron hacerlo para evitar alguna lesión. Básicamente la idea de las charlas con sus jugadores era encontrar las diferencias entre ellos mismo, saber que le incomodaba a uno o al otro. Así podían solucionar los problemas internos y dejaban de ser un equipo para convertirse en una familia.
Si Freddy desde el primer día de entrenamiento hubiera dicho que él iba a llegar a la final e iba tentar ganarla. Tal vez, todos hubieran creído que estaba loco. Él en esa época era un hombre con mucha fe, sabía lo que podía rendir, optimista, calmado y mesurado. Logró llenar el estadio de la UNSA, con una capacidad para 45000 espectadores. Era la función estelar que nadie quería perdérsela. Ni Cristal en 1997 pudo unir tanto a un país, por diferencias con sus ‘compadres’ Alianza Lima y Universitario de Deportes. Ese día todo era rojo y blanco, tal vez, imaginando que jugaba la ‘bicolor’.
River Plate llegaba al aeropuerto de Arequipa -¿Por qué no al Cusco?- .Los argentinos días antes se habían quejado ante la Conmebol, ente que rige el fútbol sudamericano, para que el partido no se jugase en Cusco por la extremas condiciones de la altura. Se libraron de llegar a Machu Picchu, pero no contaron que el Misti los esperaba. Cienciano ya había jugado en el Estadio Vila Belmerio de Brasil, en el Atanasio Girardort de Colombia y venía de visitar el Monumental de River, sin haber perdido ningún partido. Era en vano amilanar al equipo que había formado Ternero. Los ‘millonarios’ llegaban con estrellas como Gonzales, Gallardo, Maximiliano López, Salaz, Coudet, Javier Macherano (hoy jugador clave del Barcelona), entre otros. Era un plantel de primera. Las pifiadas se las llevaba el técnico Pelegrini, un hombre con experiencia, sereno, de ojos verdes jade y cabellera como la nieve, un hombre frío, tan frío como el abrazo que te puede dar una suegra. Las pifias no eran porque era el técnico de River Plate, sino porque era chileno.
El día había llegado, lo que al principio fue una ilusión se había vuelto en una realidad. Más de 30 millones de peruanos estaban listos para ver a un equipo incaico, a un equipo que recuerda raíces de cada peruano, los antepasados, que se hizo querer por su juego. Salió de la normalidad, de la convencionalidad, distinto y sobre todo humilde. Y por aquello quedará en la historia del balompié peruano.
“El estadio estaba repleto, los asientos designados para los periodistas estaban llenos, era imposible sacar a los hinchas, tuve que ver todo el partido parado”, dice Oshiro. Se jugaban los primeros 20 minutos Y Ternero daba muchas indicaciones, mientras que Pelegrini se le notaba calmado. El equipo argentino había tomado posición del campo, creaba más peligro. Dentro de lo lógico era la favorita. No se imaginaba a ninguna casa de apuestas ofrecer más por el equipo provinciano. Los espectadores estaban intranquilos, nerviosos, temerosos de que les arrebaten algo que creen que ya es suyo. Mientras tanto los que veían el partido por la cadena Fox Sport tenían que aguantar los comentarios de Fernando Niembro quejándose del campo, elogiando a cada rato a Gallardo y hacía saber que River jugaba mucho mejor que Cienciano. Está final no se la quitaba nadie. Lo imposible se iba a volver posible…
Minuto 77
Con un hombre menos, un partido que se ha había puesto ida y vuelta, Pelegrini ya no estaba tan calmado como los primeros veinte minutos, se movía del asiento a la zona técnica y cuando todos esperaban una definición por penales. Carlos Lugo, paraguayo y capitán del equipo, ejecuta un tiro libre cerca al área rival. La barrera de los argentinos se imponía entre él y el gol. Una barrera que impedía que el fútbol peruano renazca, una barrera que por mucho tiempo estuvo firme y que por fin un equipo peruano pudo romperla. Se abrió una pequeña brecha entre Coudet y el ‘Maxi’ López. El balón entro sutilmente por ahí, y pudo acogerse dulcemente entre las redes del arco del equipo rival.
El estadio colapso de alegría. Era un monólogo de la palabra ¡Gol...! Fue el orgasmo más placentero de todo aquel que ama el fútbol y a su país. El llanto que todo hombre sueña con tener por primera vez. El estadio parecía un manicomio en ese momento, todos estaban locos: saltaban, se besaban, gritaban, agitaban las banderas rojas y blancas, también la bandera del Cusco, hablaban solos, rezaban, subían y bajaban las gradas, gritaban en quechua y pedían que esto se acabe. Una locura que también la sufría cada peruano en su casa. “Después del gol de Lugo yo quería que esto se termine, no podíamos ser tan salados y ver que siempre nos pasa lo mismo, que nos meten gol al último minuto. Por lo menos una vez en la vida uno quería sentir que no es débil, sino que es el fuerte” narra Guillermo Oshiro.
Freddy Ternero se contagió de la euforia del momento y lo celebró como solo se puede celebrar un gol, corriendo a todos lados y abrazando a toda persona que se le cruzaba. Luego del escándalo tenía que venir la calma. Y la serenidad volvió a Ternero. Que comenzó a gritar a sus jugadores: “Aún falta por jugar diez minutos”. Se lo veía tomando una botella de agua al borde de la zona técnica mirando atento a lo que podía pasar. Dentro de su pensamiento estaba utilizar sus dos cambios restantes.
Restaban menos de diez minutos para lo que había comenzado como un sueño, se haga realidad. Aún falta sufrir, la expulsión de García -un jugador con una zurda privilegiada- complicaba todo. Ya no eran diez jugadores, sino nueve contra once argentinos hambrientos de gol. Jugadores que vinieron con un ego tan grande como el Titanic. Y que estaban dispuestos a no hundirse. Mientras Freddy discutía con el cuarto árbitro de que se estaba cometiendo un abuso.
El estadio comenzó a corear el ¡Sí se puede! Una frase creada por Freddy y predicada por todos. River Plate seguía intentando, se jugaba en la media cancha de Cienciano. Cada pelotazo contra el arco era un sufrimiento y un golpe al alma. Las pulsaciones del corazón aumentaron. Cuando pensaban que ya todo había acabado, el cuarto árbitro levanta el tablero indicando cuatro minutos más. El árbitro no era consciente de todas las muertes de infarto que pudo causar en la UNSA y en todo el Perú. Al mismo tiempo que el cuarto árbitro levantaba el tablero. Carlos Lugo y Alessandro Morán agitaban los brazos de arriba abajo, pidiendo que dejen su estado de shock y sigan alentando.
El árbitro Carlos Simón dio el pitazo final y el “¡Si sé puede!” se convirtió en el ¡Sí se pudo carajo! El Cienciano era Campeón de la Copa Sudamericana y lo podía gritar con orgullo. Los jugadores, aquellos veteranos que fueron despedidos de sus clubes o que nadie los quería en la capital. Ahora, estaban abrazados entre ellos, otros de rodillas y con las manos en la cara para tapar esas lágrimas de alegría. Otros también de rodillas besaban el campo. Freddy se abrazaba con su comando técnico. El hombre que con su fe derribó montañas, ‘millonarios’ y ‘santos’. Por otro lado, el llanto de Morán conmovía a todos.
“Yo soñé hace años que quería ser el primer técnico en entregar un título internacional a mí país” dijo Freddy cuando acabó el partido en Arequipa. Ya en el 2004 gana la Recopa Sudamericana venciendo al monumental Boca Junior, primo hermano de River. Eso lo cataloga como el técnico más exitoso de todos los tiempos.
Ahora se encuentra durmiendo y ya no piensa levantarse, dejo este mundo hace pocos días, el 19 de septiembre del presente año. Dejó un legado que muchos querrán alcanzar, pero pocos podrán lograr. No pudo derrotar al tan temido cáncer. Freddy supo hacer gritar a todo un país, pero también supo enmudecerlo. A sus 53 años pudo gozar y hacer gozar al Perú. Su muerte deja un vacío imborrable y el fútbol se viste de negro.
Alessandro Morán, El ‘Davids’ peruano, uno de once guerreros que también alcanzó la cima. Aún no entiende como su maestro y padre se ha ido sin avisar para poder jugar la última ‘pichanga’ pendiente. Alessandro ahora trabaja dirigiendo menores, queriendo forjar nuevos campeones, en el club AFE Cosmos Internacional de Surquillo.
- ¿Qué recuerdos te deja Freddy?- le pregunté.
- Los mejores, definitivamente los mejores. Lo conocí desde muy joven desde que estuve en Universitario
- ¿Cómo fue Freddy como técnico?
- Una gran persona, un gran amigo y un gran padre.
La muerte parte en dos la vida del que no la parte. Y eso. Es algo que sienten sus familiares y amigos más cercanos. Para todos sus jugadores era un padre, para su hijo es un maestro al cual quiere seguirle sus pasos. EL grito del “Sí se puede” se sigue gritando afuera de la VIDENA, donde es velado el cuerpo del único técnico en ganar dos torneos internacionales. Se marchó un genial director, pero dejó la más maravillosa de todas sus obras. Sí, el cáncer lo mató, pero fueron sus logros, lo que lo convierten en inmortal. Cada peruano te lo agradece Freddy. El Cienciano y tú, siempre serán los papás.