sábado, 12 de septiembre de 2015

El Guardián de Asia


Alejado y silencioso, como si se tratará de un pueblo abandonado o una película del viejo oeste -versión moderna- donde solo faltara ver un matojo, esa especie de bola rodante hecha de ramificaciones o paja, aparecerse en medio del tan popular Boulevard de Asia. 

Es claro que casi nadie pretende viajar hasta el kilómetro 97.5 de la panamericana sur en una época que no sea verano, donde tal vez no se pueda disfrutar de la playa, los ceviches acompañados de alguna bebida muy helada, hacer compras, ir a las discotecas y las diferentes atracciones que ofrece Asia. Sin embargo para Emilio esas cosas pasan a segundo plano. Él debe cuidar el ingreso y salida de cada persona al Boulevard sin importar que sea septiembre y la cantidad de personas sea mínima. Solo pueden entrar aquellas personas que vayan a El Piloto  -único restaurante que funciona- y al Kartodromo, después todas las tiendas están cerradas envueltas con cinta para que se puedan conservar, me dice Emilio.
Emilio se para firme en la entrada, parece un soldado protegiendo su fortaleza, el corte militar que tiene lo ayuda a parecerse. Usa una camisa blanca de manga larga con el logo para la empresa que trabaja, un pantalón negro con zapatos del mismo color. Una estatura adecuada como para mirar a cualquier gringo de 1.80 cm sin tener que alzar la mirada al cielo. No permite entrar a ninguna persona que no use uno de esos dos servicios que están disponibles, es por eso que mantiene una mirada firme que impone autoridad, especialmente a los transeúntes que aprovechando la casualidad de pasar por ahí quieren entrar. La negación tiene un sentido, cualquier cosa que suceda: algo roto, pintado o escándalo, es solo exclusivamente culpa de Emilio. Sin embargo me cuenta  que a veces solo con mirar la llegada de una camioneta o  auto de marcas como: Audi, Porsche, M.Benz o un Ferrari solo atina a abrir la tranquera y trata de hacer una mueca de cortesía o saludo. “Muchas personas solo vienen a comer hasta aquí, aunque no lo creas ese restaurante se llena, es como si yo me fuera hasta esos lugares ‘pitucos’ por lima solo para comer, están locos” me dijo. Y no pude evitar la risa. Al menos ese día sí habían aproximadamente unos veinte carros participando cual costo más. Para Emilio trabajar de seguridad ahí, es tranquilo. En los dos meses que lleva laborando no ha tenido problema con nadie del status social ni con los de la A ni con los de la B o C. Su hora de salida es al mismo tiempo en que Dios ordena que se apague la luz, un poco antes del anochecer. Luego va a su casa que, no está muy lejos, apenas a 20 minutos del Boulevard. En el distrito de Mala en el kilómetro 86 de la panamericana sur lo espera su esposa y su única hija de siete años. ¿Cuántos años tienes? -me preguntó Emilio. Tengo 21 años -le respondí sin encontrar el sentido de la pregunta. Yo tengo 26 años y trabajo desde que nació mi hija –me dice Emilio, entonces es ahí donde veo la expresión de su rostro como si quisiera decir esa frase: “metí la pata y la cagué” o incluso sentir que me envidiaba porque mientras él trabajaba, yo había venido hasta Asia solo para encontrar una historia. Viajar aproximadamente tres horas, todo como parte de una tarea estudiantil y ¿por qué no? Haciendo un poco de tour por todo el sur chico. En verdad Emilio no entendía que clase de tarea era está donde te mandan a un lugar donde te puedes perder, o que debes hablar con extraños para encontrar una historia, tampoco sabía: ¿Por qué Asia? Un lugar que por la época del año no es muy concurrida. En su momento compartía las mismas ideas que él. Quería encontrar una brújula y ver como la aguja apuntaba al norte, como siempre lo hace. Luego mientras escribo estas líneas entiendo el propósito del viaje, y, solo de repente, Emilio aún sigue con la duda.
Emilio, probablemente, tenía todas las ganas de conversar conmigo, era la única persona que estaba con él, no había otro seguridad más que Emilio parado en la puerta del Boulevard, era la mansión que cuidaba y disponía quien y quien no podía ingresar. Al menos yo, ya estaba adentro.


 -¿Cómo consíguete  este trabajo?- le pregunté.
 - Busqué por internet y una empresa de seguridad, OPALO Perú, estaba buscando agentes de seguridad para el Boulevard de Asia y uno de los requisitos principales era que debía vivir por Cañete, Mala o lugares cercas a Asia.
  - ¿Y no te aburres?
  - Sí, a veces, pero por no hay de otras.
  - ¿Pagan bien siendo seguridad del Boulevard de Asia?
  - Lo suficiente para llevar el pan a mi casa.

Al final ¿Sabemos la importancia de ser un seguridad? Es uno de los trabajos más antiguos. La palabra "vigilante" proviene de los primeros centinelas establecidos en la Antigua Roma bajo el nombre de “Vigiles” durante el gobierno del emperador César Augusto y quienes con el tiempo se convirtieron en la Guardia Pretoriana. Sus funciones eran la de servir como un cuerpo élite para la seguridad del César y otras veces protegían los coliseos o propiedades del Cesar. Seguramente Emilio no sabe la importancia e historia que cumple la labor que hace como vigilante. Por ahora solo espera seguir manteniendo ese trabajo. Ya en verano espera disfrutar y conocer en compañía de su familia más de fondo el famoso Boulevard de Asia o como popularmente la llaman en Lima: “eishaaa”.



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