Alejado y silencioso, como si
se tratará de un pueblo abandonado o una película del viejo oeste -versión
moderna- donde solo faltara ver un matojo, esa especie de bola rodante hecha de
ramificaciones o paja, aparecerse en medio del tan popular Boulevard de Asia.
Es claro que casi nadie pretende viajar hasta el kilómetro 97.5 de la
panamericana sur en una época que no sea verano, donde tal vez no se pueda
disfrutar de la playa, los ceviches acompañados de alguna bebida muy helada,
hacer compras, ir a las discotecas y las diferentes atracciones que ofrece
Asia. Sin embargo para Emilio esas cosas pasan a segundo plano. Él debe cuidar
el ingreso y salida de cada persona al Boulevard sin importar que sea
septiembre y la cantidad de personas sea mínima. Solo pueden entrar aquellas
personas que vayan a El Piloto -único
restaurante que funciona- y al Kartodromo, después todas las tiendas están
cerradas envueltas con cinta para que se puedan conservar, me dice Emilio.
Emilio se para firme en la
entrada, parece un soldado protegiendo su fortaleza, el corte militar que tiene
lo ayuda a parecerse. Usa una camisa blanca de manga larga con el logo para la
empresa que trabaja, un pantalón negro con zapatos del mismo color. Una
estatura adecuada como para mirar a cualquier gringo de 1.80 cm sin tener que
alzar la mirada al cielo. No permite entrar a ninguna persona que no use uno de
esos dos servicios que están disponibles, es por eso que mantiene una mirada
firme que impone autoridad, especialmente a los transeúntes que aprovechando la
casualidad de pasar por ahí quieren entrar. La negación tiene un sentido,
cualquier cosa que suceda: algo roto, pintado o escándalo, es solo exclusivamente
culpa de Emilio. Sin embargo me cuenta
que a veces solo con mirar la llegada de una camioneta o auto de marcas como: Audi, Porsche, M.Benz o
un Ferrari solo atina a abrir la tranquera y trata de hacer una mueca de
cortesía o saludo. “Muchas personas solo vienen a comer hasta aquí, aunque no
lo creas ese restaurante se llena, es como si yo me fuera hasta esos lugares ‘pitucos’
por lima solo para comer, están locos” me dijo. Y no pude evitar la risa. Al
menos ese día sí habían aproximadamente unos veinte carros participando cual
costo más. Para Emilio trabajar de seguridad ahí, es tranquilo. En los dos
meses que lleva laborando no ha tenido problema con nadie del status social ni
con los de la A ni con los de la B o C. Su hora de salida es al mismo tiempo en
que Dios ordena que se apague la luz, un poco antes del anochecer. Luego va a
su casa que, no está muy lejos, apenas a 20 minutos del Boulevard. En el
distrito de Mala en el kilómetro 86 de la panamericana sur lo espera su esposa
y su única hija de siete años. ¿Cuántos años tienes? -me preguntó Emilio. Tengo
21 años -le respondí sin encontrar el sentido de la pregunta. Yo tengo 26 años
y trabajo desde que nació mi hija –me dice Emilio, entonces es ahí donde veo la
expresión de su rostro como si quisiera decir esa frase: “metí la pata y la
cagué” o incluso sentir que me envidiaba porque mientras él trabajaba, yo había
venido hasta Asia solo para encontrar una historia. Viajar aproximadamente tres
horas, todo como parte de una tarea estudiantil y ¿por qué no? Haciendo un poco
de tour por todo el sur chico. En verdad Emilio no entendía que clase de tarea
era está donde te mandan a un lugar donde te puedes perder, o que debes hablar
con extraños para encontrar una historia, tampoco sabía: ¿Por qué Asia? Un
lugar que por la época del año no es muy concurrida. En su momento compartía
las mismas ideas que él. Quería encontrar una brújula y ver como la aguja
apuntaba al norte, como siempre lo hace. Luego mientras escribo estas líneas
entiendo el propósito del viaje, y, solo de repente, Emilio aún sigue con la
duda.
Emilio, probablemente, tenía
todas las ganas de conversar conmigo, era la única persona que estaba con él,
no había otro seguridad más que Emilio parado en la puerta del Boulevard, era
la mansión que cuidaba y disponía quien y quien no podía ingresar. Al menos yo,
ya estaba adentro.
-¿Cómo consíguete este trabajo?- le pregunté.
- Busqué por internet y una empresa de
seguridad, OPALO Perú, estaba buscando agentes de seguridad para el Boulevard
de Asia y uno de los requisitos principales era que debía vivir por Cañete,
Mala o lugares cercas a Asia.
- ¿Y no te aburres?
- Sí, a veces, pero por no hay de otras.
- ¿Pagan bien siendo seguridad del Boulevard
de Asia?
- Lo suficiente para llevar el pan a mi casa.
Al final ¿Sabemos la
importancia de ser un seguridad? Es uno de los trabajos más antiguos. La
palabra "vigilante" proviene de los primeros centinelas establecidos
en la Antigua Roma bajo el nombre de “Vigiles” durante el gobierno del
emperador César Augusto y quienes con el tiempo se convirtieron en la Guardia
Pretoriana. Sus funciones eran la de servir como un cuerpo élite para la
seguridad del César y otras veces protegían los coliseos o propiedades del
Cesar. Seguramente Emilio no sabe la importancia e historia que cumple la labor
que hace como vigilante. Por ahora solo espera seguir manteniendo ese trabajo.
Ya en verano espera disfrutar y conocer en compañía de su familia más de fondo
el famoso Boulevard de Asia o como popularmente la llaman en Lima: “eishaaa”.